"Los Solano están desapareciendo. Uno a uno. Nadie dice nada. Yo no me pienso quedar callado."
Durante los últimos cuatro meses, se han registrado al menos siete desapariciones de personas en
distintos puntos del país. Todas tienen una cosa en común: el apellido Solano. A pesar del evidente patrón, ningún medio nacional se ha hecho eco de la conexión entre estos casos.
Como periodista independiente, he dedicado las últimas semanas a recopilar datos, hablar con allegados de las víctimas y consultar fuentes oficiales. Lo que he encontrado no es concluyente, pero sí alarmante.
Los familiares, en su mayoría, han evitado hablar públicamente. Algunos por miedo, otros por simple desconfianza hacia los medios. Sin embargo, en conversaciones privadas, muchos coinciden en sentir que hay algo más detrás de estas desapariciones. Algo que no pueden —o no quieren— nombrar.
He solicitado información a diferentes organismos estatales, pero las respuestas han sido ambiguas o directamente inexistentes. En algunos casos, ni siquiera hay constancia oficial de las denuncias, como si los expedientes hubieran sido borrados o jamás abiertos. No puedo asegurar que haya una intención deliberada de encubrir los hechos, pero sí es evidente la falta de transparencia.
Lo cierto es que hay personas desapareciendo. Personas con nombre, rostro, historias. Y hay un patrón claro. Negarlo o ignorarlo no hará que deje de suceder.
Este artículo no busca sembrar el pánico. Busca llamar la atención. Preguntar lo que nadie parece atreverse a preguntar: ¿por qué los Solano? ¿Y quién será el siguiente?
Seguiré investigando. Y seguiré publicando.
Porque lo peor que podemos hacer ahora… es guardar silencio.



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